Ecuador. Fines de la segunda década del siglo XXI. Se establece el narco Estado y las calles de Quito son un baño de sangre. Cadáveres decapitados aparecen en los parques. Alguien usa a un niño como escudo en un tiroteo. Las familias compran armas porque las bandas a los hombres los matan pero a las mujeres primero las violan y después las matan. Los volcanes que rodean la ciudad devastada no paran de gruñir. Mónica Ojeda decide irse a Barcelona huyendo del desastre. Pero una vez allá advierte que nadie puede irse del dolor. Algo inquietante le sucede cuando se establece en Europa. No puede escuchar música sin deshacerse en lágrimas. Cualquier canción la hace llorar. Empieza a preguntarse por qué le pasa esto, empieza a investigar. Así nace esta novela, del intento de responder la pregunta sobre qué ocurre cuando un cuerpo hiper sensibilizado por el dolor se deja atravesar por la música. Mónica descubre que hay una relación fundacional entre la música y la muerte. "Quien no sepa desollar una cabra, no podrá tocar un tambor" dice un personaje.

 "El oído es el órgano del miedo" es la consigna que abre la historia. Noa y su amiga , dos jóvenes que ya han visto demasiada muerte en la ciudad, se van solas y sin dinero a la fiesta del Sol en la cima del volcán. Allí se organiza una fiesta electrónica donde les jóvenes van buscando ser une con la música, van bailar hasta olvidarse de la matanza, a drogarse, a vibrar con los Chamanes eléctricos. Pero hay otra búsqueda en la búsqueda. La montaña atrae y cobija. Los desaparecidos son quienes se han quedado en ese refugio agreste y nunca volvieron de la fiesta. El padre de Noa es uno de ellos. 

 Esta novela (cito a Cabezón Cámara) es una re putísima obra de arte de la re concha de la lora. 

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