Theodora y lxs diminutxs

 

Una cuento de Theodora Goss, del libro The Collected Enchentements (2023)




La niña de la rosa.


Paseando entre las rosas de mi jardín, encontré una niña, de solo unos diez centímetros de altura, bajo la Madame Hardy. Estaba de pie sobre el mantillo de hojas, apoyada contra una de las ramas del rosal. Me incliné hacia abajo para mirarla y me devolvió la mirada desafiante. Era delgada y morena, vestida con una piel de lirón, sabiamente cosida. Levantó una mano y vi que estaba armada con una larga, afilada espina. No me estaba amenazando, sólo me mostraba que no estaba indefensa.

Sacudió la rama y unos pétalos de rosa cayeron como nieve en verano a su alrededor. ¿Qué debería haber hecho yo? Ella era una niña pero claramente autosuficiente y no necesitaba mi ayuda. Por lo tanto, no hice nada.

Todas las mañanas cuando iba a supervisar las rosas buscando manchas negras o escarabajos japoneses yo quería verla, o ver su rastro _ áfidos dispersos en una espina, un montón de frambuesas robadas de mi jardín. No importaba _ ella podía tomar lo que quisiera. ¿Sería un error de mi parte dejarle algo? Y ¿qué le habría sido útil? Cuerda, supongo.

Escarbadientes, trozos de fieltro, una manzana cortada.

Se los dejaba debajo de los pimpollos de la Cuisse de Nimphe o de la Cardinal Richelieu. Siempre se los llevaba.

Una mañana encontré un escarabajo japonés ensartado en un escarbadientes, y a la mañana siguiente hallé dos. Pensé que era su forma de decirme gracias.

Ella debe haber notado lo que le hacen a las rosas, como devoran hojas y pétalos masticando a través de ellos hasta dejar solamente una serie de rabiosos agujeros unidos por una telaraña de nervaduras.

No volví a verla por mucho tiempo. Solamente diminuta pisadas cuando pasaba el rastrillo. Pero un día la encontré yaciendo bajo la fuente para aves. Inmediatamente supe que algo estaba mal;

estaba pálida, su respiración irregular, un jadeo rápido.

Ella yacía con los brazos alrededor del cuerpo como si estuviera intentando mantener todo unido.

¿Qué debería haber hecho? Siempre decimos que no hay que tocar las cosas silvestres: los pichones abandonados no lo están en realidad, las madres pajaritas pueden volver a buscar a los polluelos caídos. Pero ella era una chica, una chica salvaje, aún así humana.

La puse en una caja de zapatos forrada con guata y la trasladé hasta el porche que tiene un mosquitero para mantener afuera a los insectos sin llevarla al interior de la casa exactamente.

Le llevé la clase de cosas que pensé que comía de la parte más agreste de mi jardín: frambuesas, rebanadas de durazno, lechuga, arvejas, brotes de espárragos, hasta una rana que tuve que arponear yo misma. Pero yo había visto su espina, yo sabía que ella era cazadora. La comió cruda, toda salvo la piel y los huesos.

Nada parecía ayudar. Cada día ella comía menos y dormía más. Lentamente su enfermedad se agravaba, con tos y fiebre, con los típicos síntomas de una infección respiratoria, algo viral que ni siquiera su fuerte sistema pudo combatir.

Un día dejó de comer completamente. Bebía agua de un dedal, eso era todo.

A la mañana siguiente, estaba sentada junto a ella cuando cerró los ojos, y eso fue todo, tan rápida y pacíficamente como un pájaro volando desde su nido.

La sepulté en el límite del bosque bajo un grupo de arces.

Ahí puse una piedra gris con una veta de cuarzo.

Luego llegó el invierno y yo estuve enferma también. A mi edad esas cosas no las supero tan fácilmente como solía hacerlo. Mientras tanto, el jardín yacía dormido bajo un manto de nieve. Yo lo observaba desde la ventana de la cocina.

Cuando la primavera regresó, y se derritió la nieve, caminé por el jardín revisando los daños.

Los tallos de las rosas estaban secos y oscurecidos y tuve que podarlos

para que en pleno verano, nuevos tallos verdes brotaran por encima de los injertos y formaran florecientes arcos.

La huerta había estado cubierta con una arpillera que levanté para ver qué había sobrevivido debajo: mayormente remolacha y nabos.

Casi como una ocurrencia tardía caminé hacia su tumba.

Frente a la piedra había amontonada una extraña colección : bellotas, un trozo de cinta descolorida, una tapa de botella, varios palitos afilados, un botón de plástico azul brillante.

Comencé a limpiar todo eso como si fuera basura, cuando súbitamente me dí cuenta de que no lo era; eran ofrendas. Como en las antiguas tribus que para honrar a sus muertos los enterraban con sus armas y provisiones para el más allá.

Más tarde traje el dedal del que ella bebía y lo dejé ahí, como un cáliz en el altar de una iglesia.

Cada mañana iba y le dejaba algo: bayas y, cuando las rosas volvieron a florecer, el mas fino pimpollo aún cubierto de rocío.

El último verano empecé a verlxs.

Lxs niñxs salvajes, vestidxs con pieles, con armas como las que ella usaba.

Ahora, mientras estoy en mi jardín cuidando las flores marchitas de los lirios o recortando la menta, a veces veo a algunx, sentado en el viejo muro de piedra, disfrutando el sol; nunca hablan, solo hacen compañía. O permanecen de pie en el enrejado para los tomates con los brazos cruzados, observando a los pájaros en los arbustos de lilas.

A veces les dejo algo que les pueda ser útil,

un pañuelo gastado, una agua de tejer con la que pueden hacerse una fina lanza.

Pero trato de no interferir en sus vidas _algunas cosas deben dejarse como son,

eso ya lo aprendí a mi edad.

Algún día, espero, cuando me entierren en el límite del bosque como lo he dispuesto, ellxs vendrán a visitarme y dejarán, una que otra vez, pedacitos de cinta o botones o tal vez una rosa .

Eso hace, de alguna manera, más fácil la idea de la muerte.

Que ellxs sigan hamacándose en las ramas del manzano, o pescando en el estanque o tal vez bailando bajo la luna, si es que hacen eso _nunca lxs ví, solo unas diminutas pisadas en la nueva cama que preparaba para sembrar las semillas de rabanitos.

Si ellxs pudieran venir a visitarme una o dos veces, aunque no me traigan nada, para saber de mí o cuidarme.

Eso me gustaría.


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